La fauna silvestre emite señales constantemente. Algunas son evidentes. Muchas otras no lo son. ¿Qué ocurre cuando aprendemos a conectar estas observaciones entre disciplinas, instituciones y países?
Aves muertas en la orilla de un río o del mar. Espeleólogos con síntomas respiratorios agudos tras visitar una cueva que alberga una colonia de murciélagos. Un número inusual de ciervos encontrados débiles y desorientados en un bosque. Un episodio misterioso de mortalidad masiva de peces.
Cada señal puede parecer, en un primer momento, un incidente aislado y pasar desapercibida. También puede indicar una enfermedad o un síndrome que aparece en un lugar donde nunca antes se había observado, una nueva amenaza para una especie silvestre protegida o la aparición de un agente patógeno de origen silvestre capaz de infectar a los seres humanos. A veces, las señales son evidentes, pero, con mayor frecuencia, son discretas y pasan inadvertidas. El reto no consiste simplemente en recopilar estas señales, sino en conectarlas y comprender qué pueden estar revelándonos.
Ninguna persona puede tener una visión completa de la situación por sí sola. Un guardabosques, un especialista en conservación, un técnico de laboratorio o un miembro de una comunidad pueden detectar cosas diferentes. Solo cuando estas observaciones se ponen en común empiezan a ofrecer una comprensión más amplia de la salud de la fauna silvestre.
La salud de la fauna silvestre está estrechamente vinculada a la salud de los ecosistemas en los que prosperan los seres vivos. La fauna silvestre contribuye a la polinización de las plantas, la dispersión de semillas, el mantenimiento de los suelos y la mitigación del cambio climático. También contribuye a crear y mantener paisajes, y sustenta medios de vida y culturas. Los animales silvestres albergan de forma natural diversos parásitos y agentes patógenos que pueden desempeñar un papel en la dinámica de las poblaciones y los procesos evolutivos.
Hoy en día, estas relaciones están sometidas a presiones cada vez mayores, como la contaminación, la transformación y fragmentación de los hábitats, el cambio climático, la explotación de la fauna silvestre y otros cambios ambientales. Estas presiones pueden afectar a la capacidad de los animales para hacer frente a las enfermedades y modificar la forma en que los agentes patógenos se propagan o se comportan. Las consecuencias pueden ir más allá de la fauna silvestre y afectar a los animales domésticos y, en algunos casos, a la salud humana.
Por eso, la vigilancia de la salud de la fauna silvestre y el intercambio temprano de información son más importantes que nunca.
Durante muchos años, los sistemas de vigilancia se han desarrollado principalmente en torno a los animales domésticos. La fauna silvestre plantea un desafío diferente. Los animales se desplazan a través de fronteras administrativas y habitan en lugares que las personas rara vez visitan, donde observarlos y, más aún, tomar muestras puede resultar difícil.
Las herramientas de diagnóstico no siempre están diseñadas teniendo en cuenta las especies silvestres. Los animales silvestres no tienen un propietario claramente definido, y las personas encargadas de su gestión pueden pertenecer a distintos sectores profesionales que no siempre están conectados entre sí. La vigilancia de la salud de la fauna silvestre requiere métodos específicos y técnicas no invasivas que permitan observar a los animales con la mínima perturbación posible y detectar de forma temprana señales que podrían —o no— anunciar una futura crisis sanitaria o ambiental.
La vigilancia de la salud de la fauna silvestre comprende investigaciones sobre el terreno, investigaciones de laboratorio y desarrollo de pruebas diagnósticas, así como la interpretación y comunicación de los resultados a una amplia variedad de partes interesadas.
Al principio, un especialista en conservación o un etólogo puede observar cambios en el comportamiento de una población. Un guardabosques puede encontrar varios animales muertos durante una patrulla rutinaria. Un técnico de laboratorio puede identificar un agente patógeno nuevo en una muestra. Un investigador puede detectar xenobióticos en muestras ambientales. Un cazador, un gestor de fauna silvestre o cualquier miembro de una comunidad puede ser la primera persona en advertir que algo ha cambiado: cada persona aporta una pieza del rompecabezas, y estas piezas solo adquieren sentido cuando se ponen en común. Cuando estos esfuerzos se conectan, pueden contribuir a caracterizar antes las amenazas, evaluar mejor los riesgos y fundamentar medidas más informadas y basadas en datos.
Ninguna organización tiene por sí sola una visión completa de la situación.
Esta perspectiva contribuyó a orientar la elaboración de la Estrategia de la OMSA sobre la salud de la fauna silvestre 2026-2030. Reforzar la vigilancia de la salud de la fauna silvestre no depende únicamente de recopilar información, sino también de crear oportunidades para que distintas comunidades la compartan. La Estrategia promueve la participación de actores más allá de los Servicios Veterinarios, incluidos los sectores de la fauna silvestre y el medio ambiente, el mundo académico y la conservación, reconociendo que la información sobre la salud de la fauna silvestre suele estar repartida entre distintos sectores e instituciones.
En otras palabras, conectar los sistemas de vigilancia va más allá de una labor técnica. Se trata de crear redes multisectoriales y generar confianza. La conexión también aporta contexto a la información, y ese contexto permite comprender su significado.
¿Cómo podemos reunir información sobre la salud de la fauna silvestre que a menudo está fragmentada entre instituciones, sectores y disciplinas, de manera que contribuya a construir una comprensión común?
La vigilancia integrada no significa que cada observación deba convertirse en un diagnóstico ni que todo acontecimiento inusual anuncie una epidemia emergente. Un episodio de mortalidad sin explicación sigue siendo información relevante, especialmente cuando afecta a una especie silvestre vulnerable. Del mismo modo, un comportamiento o un síndrome inusual también constituye información.
WildEpi es una de las iniciativas que contribuyen a este enfoque. Ofrece un espacio en el que los miembros autorizados de una comunidad de profesionales de la salud de la fauna silvestre pueden compartir información sobre eventos sanitarios que afectan a especies silvestres, incluidos aquellos que aún no tienen un diagnóstico y los que no son de origen infeccioso.
Su valor no reside únicamente en registrar un evento, sino también en ofrecer la oportunidad de incorporar las observaciones a un espacio compartido donde puedan contextualizarse, es decir, analizarse junto con otros conocimientos y, cuando proceda, dar lugar a investigaciones adicionales o evaluaciones del riesgo.
Esta información puede contribuir a una comprensión más amplia de la salud de la fauna silvestre cuando se analiza junto con otras observaciones, información ambiental y conocimientos especializados. Por tanto, un informe puede partir de una observación, sin necesidad de contar con un diagnóstico confirmado. Esta distinción es importante: la vigilancia debe ayudarnos a detectar aquello que todavía no comprendemos plenamente.
WildEpi es solo una parte de un ecosistema más amplio. Además de esta iniciativa, los informes de la OMSA sobre la situación sanitaria de la fauna silvestre, sus redes de Centros de Referencia y Centros Colaboradores, así como numerosos socios, aportan conocimientos, experiencia y contexto que ayudan a transformar la información en comprensión.
Quizá una pregunta más pertinente sea: ¿qué podría estar revelándonos la fauna silvestre que todavía no hemos tenido en cuenta en una época de creciente complejidad ambiental?
Un cambio en la mortalidad puede apuntar a la presencia de un agente patógeno o un parásito, antiguo o nuevo. También puede deberse a la contaminación, al estrés nutricional o a la alteración del hábitat. O, en una era de policrisis, a la acción conjunta de varias presiones. Una enfermedad detectada en la fauna silvestre puede ser importante por su posible impacto en una especie rara o protegida. También puede indicar un cambio en un ecosistema que, con el tiempo, termine afectando a los seres humanos o a los animales domésticos. O puede revelar una nueva interfaz entre animales domésticos y silvestres, o la evolución inesperada de un agente patógeno.
La promesa de una vigilancia integrada de la salud de la fauna silvestre es que se pierdan menos señales entre instituciones, disciplinas y fronteras. Cada observación puede formar parte de un conjunto de conocimientos más amplio. Cada especialista puede aportar una perspectiva diferente. Y cada conexión puede ayudar a transformar sucesos aislados en una comprensión más profunda.
La tarea que tenemos por delante es aprender a escuchar mejor a la fauna silvestre. Y cuando escuchamos juntos —a través de disciplinas, sectores, instituciones, países y comunidades—, podemos empezar a comprender no solo dónde se producen las enfermedades, sino también qué nos revelan los cambios en los patrones de la fauna silvestre sobre la salud de los ecosistemas que todos compartimos.
Imagen principal: Gu Ko/Pexels.
The Animal Echo tiene como objetivo promover una comprensión individual y colectiva de la salud y el bienestar de los animales. Compartimos perspectivas y opiniones de expertos de todo el mundo. Las opiniones expresadas en The Animal Echo pertenecen a sus autores y no reflejan necesariamente la posición oficial de la OMSA.