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Tiempo de lectura: 9min

Entre Cubiertas y Mareas: Historias de una veterinaria a bordo

livestock veterinarian_an african american farmer taking care of sheep

publicado el

09/21/2026

escrito por

Berenice Rocío Taboada Díaz

Berenice es responsable de comunicaciones en la OMSA en Bruselas, donde trabaja en estrategias de comunicación para la región europea. Con formación en periodismo, relaciones internacionales y artes visuales, cuenta con experiencia en América Latina, África, Europa y Asia. Su trabajo se centra en traducir temas complejos —como la salud animal, el cambio climático y la sostenibilidad— en narrativas accesibles y atractivas para audiencias diversas.

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¿Qué implica cuidar animales a miles de kilómetros de tierra firme para una veterinaria dedicada al ganado?

Un día ficticio en la vida de una veterinaria, inspirado en las experiencias de profesionales que participan en el transporte marítimo de ganado.

Son las cinco y media de la mañana y la única luz que ilumina la cubierta es la de su linterna de cabeza. Elena Willis está agachada junto a un corral, con la mano apoyada sobre el lomo de una vaquilla que no terminó de comer el alimento de la noche anterior. No dice nada, solo observa, escucha y espera. Después, anota algo en un cuaderno un poco húmedo por el aire marino y continúa caminando.

Faltan algunas horas para que el barco entre en actividad y tenga la reunión de la mañana, las rondas, el informe del mediodía. Sin embargo, el trabajo de Elena ya ha comenzado. Siempre empieza así: en silencio, antes de que los demás despierten, rodeada por miles de animales que respiran a su alrededor.

Elena está en un buque de exportación de ganado, que navega entre Australia y su destino final. Es una de las veterinarias a bordo y su trabajo —aunque esta dimensión del trabajo es poco conocida fuera del sector— consiste en garantizar, día tras día y decisión tras decisión, el bienestar de miles de animales durante semanas en alta mar.

La calma antes de la carga

Lo primero que hace Elena cuando sube a un buque, todavía vacío de animales, es dejar su bolso en el camarote y recorrerlo sin prisa. Por ahora.

“Me gusta recorrer las zonas donde voy a estar viviendo”, explica.

Después baja a recoger el plan de carga impreso que le entrega el Primer Oficial y se dirige directamente al almacén veterinario. Allí comprueba el inventario: las listas de medicamentos, el estado del equipo y la llegada de los insumos para esta travesía. Es una revisión pausada, en una sala que huele a desinfectante y metal.

Elena saluda a tripulantes que ya conoce de otros viajes. A quienes no conoce, se les acerca y se presenta. Es un ritual que se repite en cada embarque: rostros conocidos, rostros nuevos, un mismo lenguaje de trabajo entre personas que van a compartir semanas juntas en un enorme espacio de acero en movimiento.

“Me gusta recorrer las cubiertas y familiarizarme con su distribución”, cuenta.“Me aseguro de que todo esté en condiciones: las instalaciones, el plan de embarque y cada corral preparado para recibir a los animales.

Antes de que empiece el embarque, da una última vuelta por las cubiertas. Elena se dirige a la rampa principal, la que conecta el barco con el muelle, y comprueba que el ángulo sea adecuado teniendo en cuenta la marea y el calado del buque. Recorre las rampas interiores y los pasillos, buscando cualquier elemento que pueda convertirse en un riesgo durante las horas siguientes.

Todo tiene que estar en orden.

Pronto, el silencio quedará atrás.

Cuando el barco despierta

Comienza la carga y la actividad a bordo se transforma por completo.

De pronto, suenan las pezuñas golpeando la cubierta, las puertas metálicas que se abren y cierran con fuerza y las voces que se cruzan instrucciones. El ganado vacuno y ovino baja de los camiones y se desliza por rampas y pasillos, encaminado hacia los corrales asignados. Dependiendo del tamaño del buque, este proceso puede durar un día entero. A veces, varios.

Elena acompaña a los cuidadores y observa el comportamiento de cada grupo. “Ahí es cuando puedes evaluar al ganado —su temperamento, su calidad—, y también la experiencia de quienes lo manejan durante el embarque”, explica.

No es un detalle menor. La velocidad ayuda, pero si se apura a los animales, el riesgo crece: resbalones, caídas, golpes, aglomeraciones. El ritmo tiene que ser el justo. Se deben contar bien a los animales que entran en cada corral, mantenerlos separados por tipo y categoría comercial, ubicarlos en las áreas correctas y seguir el plan de carga a rajatabla.

Elena no deja de moverse. Recorre las rampas de un lado a otro, comprobando cada punto del plan y observando cualquier señal de lesión o problema en el manejo de los animales. Cuando el último animal llega a su corral, ella ya habrá caminado varios kilómetros y subido más escaleras de las que podría recordar.

Pero su trabajo no termina allí.

Antes de zarpar, revisa nuevamente la documentación: las instrucciones del viaje, los planes de manejo del ganado, los pesos finales de la carga y los cálculos de alimento para asegurar que los suministros sean suficientes durante todo el trayecto.

La cadencia que mantiene al barco en movimiento

A medida que pasan los días, la vida a bordo adquiere su propio ritmo.

Al amanecer, Elena revisa los comederos y bebederos mientras la tripulación se prepara para alimentar a los animales. Después, es hora de su café instantáneo.

Y luego vienen nuevamente las rondas: se pasa las horas recorriendo el barco cubierta por cubierta, comprobando que cada animal no tenga lesiones, signos de enfermedad o un comportamiento errático que pueda indicar algún tipo de problema con las condiciones del corral.

“También verifico el desempeño de los sistemas del barco y las condiciones ambientales en cada sección del buque”, explica.

A media mañana los tripulantes se reúnen en la oficina del barco. Elena, los cuidadores, el contramaestre y, normalmente, el Primer Oficial se sientan juntos. Revisan lo que vieron a primera hora y lo que necesitan atender ese día.

Es un momento breve, pero es allí donde todo el barco —tripulación, personal de mando y veterinaria— acuerda cómo se cuidará a los animales durante las horas siguientes.

Después del encuentro, Elena se sienta frente a su computadora y prepara un informe detallado de la jornada, anotando en qué condiciones se encuentran los corrales, las condiciones de navegación y el estado sanitario y de bienestar de los animales.

Ese informe, junto con la ubicación del buque al mediodía, se envía al exportador y a la autoridad gubernamental competente.

Es un protocolo diario, que se escribe casi mecánicamente, pero representa la única manera de que lo que ocurre a bordo —lejos de tierra firme y de cualquier inspección presencial— quede registrado para las personas responsables de supervisar todo después.

Más tarde, Elena vuelve a las cubiertas.

Algunos animales requieren cuidados especiales

La rutina a veces debe dejar paso a algunos animales que requieren atención individual.

Cada cubierta tiene un espacio hospitalario. Cuando un animal necesita tratamiento, Elena trabaja con otro cuidador experimentado para moverlo con cuidado hasta allí, donde tendrá más espacio, mejor acceso al comedero y donde se le puede realizar cualquier tipo de intervencion que necesite.

Es una tarea que requiere si o si de dos personas. No se puede trasladar a un animal grande en solitario, y menos aún con el barco en marcha.

La ronda de alimentación de la tarde ofrece otra oportunidad para observar a los animales, ver cuánto comen, cómo se desplazan alrededor de los comederos, si compiten por el espacio o si algo altera el equilibrio del grupo.

A veces son señales pequeñas, pero Elena ha aprendido a reconocerlas.

Al final del día, regresa a los corrales hospitalarios para comprobar cómo evolucionan los animales que están bajo tratamiento.

Después, da una última vuelta por el buque antes de que termine su jornada.

Y así, con la mañana siguiente, se reinicia esta rutina.

El sostén invisible del viaje

Desde fuera, podría parecer que el cuidado de los animales a bordo de un buque como este depende de una sola persona: la veterinaria que viaja a bordo. Pero la experiencia de Elena cuenta una historia diferente.

Su trabajo se sostiene gracias a una red mucho más amplia: los cuidadores que manejan a los animales, la tripulación que prepara los corrales y mantiene el buque, los oficiales de mando que supervisan las operaciones y los mecanismos que sostienen el suministro de alimento, agua, ventilación e información.

Nadie puede hacer este trabajo solo. La reunión de media mañana, el informe diario y el trabajo conjunto de dos personas para trasladar a un animal a un corral hospitalario son pequeños actos de coordinación que mantienen en pie algo mucho mayor.

Cuidar de los animales en alta mar es una responsabilidad compartida, respaldada por estándares, pero llevada a la práctica a través de cientos de decisiones a lo largo de cada viaje. Se sostiene corral por corral, ronda tras ronda, viaje tras viaje, en las decisiones cotidianas de las personas que realizan este trabajo lejos de tierra firme.

The Animal Echo tiene como objetivo promover una mejor comprensión, tanto individual como colectiva, de la salud y el bienestar de los animales. Compartimos ideas y puntos de vista de expertos de todo el mundo sobre la salud y el bienestar de los animales. Las opiniones expresadas en The Animal Echo pertenecen a sus autores y no reflejan necesariamente la posición oficial de la OMSA.

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